Silencios
Consumir el aleteo de una mosca
que crea remolinos en los espacios sobrantes entre
un libro y un café.
El silencio es la caricia
o la súplica -tal vez- de un caminante perdido a propósito.
No he estado
en medio del ruido lastimoso de bombardeos.
No en medio del caos ensordecedor del silencio que deja la
guerra.
Caminamos manos inquietas y gargantas crudas.
¿Será ello la guerra?
El trueno de los pies adoloridos y la queja tragada.
Un disparo ajeno o el frío de alguna bayoneta virgen.
Pero sé de otro silencio.
El que me ha sido negado entre estas paredes locomotoras
que se acrecientan en mis sienes
estorbando en la oscuridad del descanso.
Sobre la mesa saludable han puesto pan decadente y agrio
el valor entonces se afeita las uñas para emigrar.
De estas piedras busco extirpar los
imanes
que ondean vibraciones sobre en mis oídos.
Devorar el repertorio de la ruina
diversa
desordenada
¡joder! arruinada.
De este instante busco alisar sobre el
puente el mareo joven
que ofrecía progreso y aciertos.
Qué asqueante porvenir
áspero
tembloroso
en el bullicio de los murientes.
Nombrar el silencio es envenenarlo.
Ultimar el aplauso de las hojas
el susurro del viento que se disfraza el pasado
el ladrido del mar que nos sabe a
aceite
y también el quiebre del cuerpo
bajo otro cuerpo.
Da igual. Esto es un poema sin
armonía.
Silencioso a medias. Aguado.
Porque no la hay.
No hay armonía.
No hay regreso.
No hay silencio.
No.
Poema inédito. Texto en revisión.
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